Pez – “Pez” (1998)

por undetective

Debe haber sido difícil grabar –siquiera imaginar– al sucesor de Quemado (1996), el segundo disco de Pez. Después de un primer álbum urgente (en un sentido bien literal: fue grabado en vivo en el estudio en un solo día), el trío había sorprendido con un disco gigante, multifacético, largo, repleto de invitados y colores, de una creatividad infrecuente en el rock hecho en Argentina. Luego, en 1997, ocurrieron al menos dos acontecimientos fuertes: cambiaron de bajista (salió Iris Auteri, entró Fósforo García) y dejó de existir Discos Milagrosos, el sello que los albergaba. Aparece, entonces, la molesta pregunta: ¿cómo dar el siguiente paso? Es imposible, e indeseable, aventurar el proceso creativo del trío. Sí conocemos, sin embargo, algunos hechos: el siguiente paso fue un álbum sin nombre, autoeditado (luego se convertiría en el primer disco del sello Azione Artigianale), breve (de los cerca de 70 minutos de Quemado pasamos a 35), con un solo invitado y ningún color. En la contratapa, una aclaración: “No muy producido por Pez”.

Es cierto: ese tercer disco, sin título ni sello ni colores, suena crudo. La apertura es potente y no necesariamente pesimista. En Ahogarme, Minimal canta: (…) esta canción / es un animal de sangre y de sal que ahora / ya vuelto fuego, surca el cielo de hoy. Pero hacia el final admite con desencanto: total no hay nada que yo quiera hacer. La música acompaña: es melódicamente memorable, con elementos mod, aunque la velocidad y la distorsión de la guitarra la emparentan con el punk. Sin embargo, nada de estribillos repetidos hasta el infinito. Esa es la mitad “progresiva” de la expresión en apariencia contradictoria que suele acuñarse para describir al disco: “punk progresivo”. Más allá de si la expresión es o no adecuada, lo cierto es que las canciones de este álbum están demasiado preocupadas por ir hacia delante, atropelladamente. No pueden tomarse el tiempo para volver sobre sí mismas. Si Quemado tenía motivos que reaparecían con insistencia, para recordar que se trataba de una obra más allá de la heterogeneidad, este Pez puede ser entendido como un disco sin memoria.

En realidad, más que no poder recordar, creo que Pez no quiere recordar. No es para menos: su tono es gris; su universo, autodestructivo, doloroso hasta el desprecio. Cuando logra remontarse al pasado, descubre que la tristeza persiste (Todo sigue igual que ayer, pero hoy más que ayer quizás / El desengaño es nuestro eterno tango) y los breves destellos de alegría desaparecieron (El tiempo pasó y nos hizo olvidar / todo lo que alguna vez nos emocionó y nos hizo cambiar). En el presente hay pastillas, rutina, furia, cansancio, miedo y pedidos de salvación. Casualmente, las canciones en que aparecen con más fuerza estos dos últimos elementos (Siesta y, justamente, Miedo) son las más lentas y densas, con una distorsión que sumerge con violencia en los terrenos del dolor auditivo. Son, también, las dos canciones con menos humor. Tal vez sean, por qué no, las más personales y representativas del espíritu del álbum.

El tono lúdico que marcaba a los dos discos anteriores sigue presente. Esto es visible, sobre todo, cuando Minimal lleva el dolor al paroxismo. Un caso es Ya nadie lee en estos días, una canción sobre un hombre que asesina a su pareja y esconde el cadáver en una biblioteca. Como sugiere el título de la canción, el cadáver jamás es encontrado, por la sencilla razón de que “ya nadie lee”. La perversión es diversión. Es posible emparentar a la letra con la famosa escena de Frenzy (Alfred Hitchcock, 1972), donde presenciamos el asesinato de una mujer, con cámara subjetiva, desde el punto de vista del asesino. La tensión de la escena es un riff simultáneamente directo y enrevesado. Una de las características del cine de Hitchcock es su capacidad para narrar historias accesibles y complejas a la vez, con una construcción minuciosa de cada escena. Por un lado, miradas atravesadas por desvíos y artilugios; una obra atiborrada de McGuffins. Por el otro, humoradas nihilistas que disfrazan a un compositor siempre sensible: pero este miedo no me paraliza, no / Y es más la risa que la sensación de vacío.

El otro ejemplo de dolor extremado se llama Malo. El título es directo y la temática también: el narrador se siente “malo” y quiere asesinar a todo el mundo. El máximo grado de ridiculez llega al final: Ya me molestan los hijos que no tengo / Y deseo la muerte de todos ustedes. Acá no hay guiños ni tensiones ni desvíos. La música acompaña: empieza con un riff limpio y dos minutos después guitarra y bajo se atropellan, varias voces distorsionadas se entrechocan, el nivel de ensimismamiento y paranoia llega al límite, con arcadas y gritos de bronca. Es comprensible: después de los primeros minutos, de esa canción salvadora que se convertía en ave, efectivamente nos ahogamos. Ahora todo es terrenal y concreto: después del desengaño sólo hay costumbrismo, y dos salidas: para algunos, jugar (El fútbol por lo menos les enciende el alma); para otros, dormir (Nada le pido a la vida / nada más que una siesta a la sombra / A la sombra de todos los hombres / a la sombra de todas sus cosas).

Otra característica de Pez: la autorreferencialidad. En Cabeza, aquel primer disco de 1994, proliferaban los cuentos, la fantasía; había personajes y tercera persona. En Quemado, si bien abundaban las experiencias personales (sobre la falta de fe, sobre vivir en departamentos, sobre tatuarse, sobre jugar al fútbol), las texturas eran de ensueño y de viaje; los sintetizadores y el sitar nos invitaban a atravesar cielos, aguas, galaxias y ciudades. Nada parecido hay en este tercer álbum, tan obsesionado con el sufrimiento propio. Por ejemplo, los “yo” son numerosos. Las canciones que refieren a terceros (Lo están tocando malYalumbraba) terminan hablando en primera persona. El eterno narrador lo tiene claro: en un tema extraño, con partes muy distintas inexplicablemente enganchadas, dice: yo siempre hablo de mí / y acá me ves, en mi pedestal de pus y grasas. El tema se llama El cuerpo es un momento, pero también podría llamarse El cuerpo es una jaula. En definitiva, ¿dónde es más evidente esto que en las oscuras, nihilistas, caracterizaciones de la paternidad? Por un lado estaban, recordemos, esos futuros hijos ya molestos de Malo. Pero es todavía más delicioso lo de Y la calma, uno de los picos de este gran retrato del asco existencial, que abre con una referencia a la crianza como estrategia para disfrazar conflictos emocionales: Quiera el tiempo bendecirnos / con los hijos y la calma / Sería como delegar la furia en alguien más / y amortiguar la explosión.

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