Donald Fagen – “The Nightfly” (1982)

por undetective

The Nightfly, el disco que editó Donald Fagen en solitario un año después de la separación de Steely Dan, es relajado, suave, amable. Al mismo tiempo, tiene un aire denso; es dueño de una nocturnidad apacible pero feroz. Está atravesado por un contraste entre dos miradas que, en su entramado, construyen un retrato del Estados Unidos de fines de los 50s. Por un lado, está Lester The Nightfly, uno de los personajes más melancólicos de la poesía de Fagen: un DJ que pasa jazz en su programa de radio nocturno, en la “estación independiente” WJAZ. El otro personaje es un chico que vive en los suburbios, que aparentemente escucha el programa de The Nightfly y sueña con un futuro en la gran ciudad. Estas dos miradas están retratadas en la portada y la contraportada del álbum. Ambos personajes son, por supuesto, el mismo Fagen: es él quien aparece representando al DJ en la portada del disco y es conocido el carácter autobiográfico de las letras que denotan una mirada adolescente.

Como es comprensible, si hubiera que emparentar a The Nightfly con un disco de Steely Dan, sería con Gaucho, el último que grabaron antes de su separación en 1981. A diferencia de Aja, con su acercamiento al jazz fusión, sus baterías voluminosas y bajos musculares, tantoGaucho como The Nightfly regresan a un sonido en el cual predomina la suavidad; un sonido fino, que parece poder cortarse con un cuchillo. El terreno de las bases es más firme, y los pasajes instrumentales, si bien numerosos y extensos, son juegos alrededor de la melodía más que viajes de cierta independencia estilística (cosa que ocurría profusamente en Aja). En este álbum, por ejemplo, es más dificultoso acertar quién toca en cada tema, con excepción del bajo inconfundible de Marcus Miller en MaxineThe Nightfly y The Goodbye Look. Incluso la guitarra de Larry Carlton, esa vieja compañía vibrante y colorida, está más acoplada al resto de los músicos que en Aja.

Las temáticas que trabaja Fagen tienen un tono más cándido que lo normal, sobre todo cuando adopta el punto de vista de su yo adolescente. El entorno es de Guerra Fría (Yes we’re gonna have a wingding / A summer smoker underground / It’s just a dugout that my dad built / In case the reds decide to push the button down); la (auto)biografía está atravesada por chicas, bailes, romances. Tanto Maxine como New Frontier son ejemplos claros. El quiebre respecto de la tradicional posición de Fagen en sus letras es evidente en Maxine, una canción de amor sin indicios de cinismo: While the world is sleeping / We meet at Lincoln Mall / Talk about life, the meaning of it all / Try to make sense of the suburban sprawl / Try to hang on, Maxine. De esto se trata, en definitiva, y acá está el trago amargo que ofrece Fagen en esta oportunidad: la adolescencia estuvo llena de sinsentidos y sueños de épocas mejores (en la misma canción el personaje anhela viajes a México y Manhattan). El tono sombrío de la vida en los suburbios es expresado con contundencia en una canción que tiene un título alegre (Green Flower Street) y comienza diciendo: Uptown / It’s murder out in the street. Todas las fichas estaban depositadas en ese momento en que se huye de la casa paterna (incluso del pueblo paterno) y se alcanza la independencia, que es sinónimo de libertad: Well I can’t wait ‘til I move to the city / ‘Til I finally make up my mind / To learn design and study overseas. El resto de la obra de Fagen se encarga de demostrarnos que ese futuro no es mejor ni menos sórdido, sino todo lo contrario.

Los sueños de una huida concreta no son las únicas vías de escape. El otro costado, tal vez más inmediato pero igual de ambivalente, es la música. El joven protagonista le dice a una chica, como evidente estrategia para conquistarla: I hear you’re mad about Brubeck / I like your eyes, I like him too / He’s an artist, a pioneer / We’ve got to have some music on the new frontier. Es posible aventurar que el muchacho llegó al jazz escuchando el programa radial de Lester The Nightfly, que es retratado en la canción que le da título al disco. Con perspicacia, y una sensibilidad que casi siempre está presente en su obra (a veces algo camuflada), el retrato de Lester no está hecho desde el punto de vista del joven, sino que opta por darle voz propia. Nos enteramos que Lester, ese DJ al cual el joven protagonista seguramente admira, es un hombre destrozado, amargo y, como el mismo Fagen, dolorosamente mordaz. Esto es visible en un fragmento que presenta cómo se relaciona con sus oyentes, cantado con sutilísima socarronería: So you say there’s a race / Of men in the trees / You’re for tough legislation / Thanks for calling / I wait all night for calls like these. Sin embargo, el momento clave de la canción –y, tal vez, del disco–  es, a la vez, la muestra más patente de ese mundo adulto herido, aunque sin tragedia ni melodrama, que se desarrolla en el resto de su obra: I’ve got plenty of java / And Chesterfield Kings / But I feel like crying / I wish I had a heart like ice. Un momento breve y melancólico, que se complementa a la perfección con el pasaje que explaya las raíces de este dolor: You’d never believe me / But once there was a time / When love was in my life / I sometimes wonder / What happened to that flame / The answer’s still the same / It was you / Tonight you’re still on my mind. Y algo confirma que Fagen está hablando en serio, y que en su obra amor y música están misteriosa pero inextricablemente ligados: apenas termina esta declaración honesta, sin ambigüedades, entra un solo de guitarra descorazonador de Carlton.

El imaginario del joven protagonista no está compuesto sólo por música y adultos heridos que viven en el centro de la ciudad, sino también por el cine. El disco cierra con dos canciones con aire a playa y, simultáneamente, a despedida. Una combinación curiosa, que funciona porque sostienen el tono en blanco y negro del resto del álbum. Un blanco y negro que es, no hay dudas al respecto, cinematográfico. Así como Jason Akeny dice, en su crítica del álbum, que la producción de Gary Katz (otro eterno acompañante) tiene un “estilo cinematográfico”, esto también es trabajado desde las letras: las imágenes del gran casino al lado del mar o del coronel “con su cara estúpida, los anteojos de sol y la pistola” seguramente tengan un efecto fuerte sobre quienes acostumbran a ver cine norteamericano de los 40s y 50s. Nunca es más poderoso este efecto que cuando Fagen canta: When we kissed we could hear the sound of thunder / As we watched the regulars rush the big hotels / We kissed again as the showers swept the Florida shore / You opened your umbrella / But we walked between the raindrops back to your door. En definitiva, tal vez no sea casual que un disco que juega con la idea de dos universos disímiles que conviven en el mismo momento histórico termine con imágenes de besos, lluvia y paraguas, cuando casi cuarenta minutos antes había abierto con una canción que hablaba de tecnología futurista y viajes espaciales. Las fantasías norteamericanas de prosperidad y libertad infinitas (What a beautiful world this will be / What a glorious time to be free) se convierten en fragmentos de intimidad, que alcanzan su máximo esplendor cuando un hombre, con enorme tristeza, es capaz de admitir: I know what happens / I read the book / I believe I just got the goodbye look. Es la certeza de que la insatisfacción es la clave en todos los niveles. Los futuros no son promisorios. Estamos, en definitiva, en la entrada de los 80s.

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